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domingo, abril 02, 2006

Tras llegar a puerto pasé un tiempo varado, llegué a alejarme... pero la distancia no supuso el olvido, así que he vuelto a embarcarme. No será un gran crucero, sino una singladura de cabotaje: dejarme llevar por los vientos de mi pensamiento, a veces calmos, otras tempestuosos. Miro el horizonte: es un futuro cargado de nostalgia; el ineludible día que lo alcance quedará una estela que no me será dado ver. Solo espero no badajear en exceso en mis próximos soliloquios.
Por cierto el nombre de mi nuevo navío es:
http://artekapusketa.blogspot.com/

viernes, julio 29, 2005

Miré, busqué, pregunté y no hallé. Lo que hasta entonces era una simple conjetura se convirtió así en certeza irremediable a la cual no quería dar crédito: había perdido mi libreta de notas. Ha sido el golpe de gracia. Casualidades de la vida la comencé a principios de año. Era una libreta de Moleskine, negra, de tapa dura y goma para evitar que se desencuaderne y se pierdan las cosas que uno va dejando en el compartimiento de recuerdos que trae en la contraportada. Allí llevaba unas flores secas de azahar y un par de pétalos de amapola,
Con ella he perdido todo el fruto de este año estéril. No es que fuera gran cosa, apenas una veintena de páginas, pero estaban llenas de esos instantes mágicos en los cuales las frases volvían a fluir necesarias y casi armónicas. Recuerdo la dos últimas: recogían momentos de placidez crepuscular, uno al amanecer y el otro anocheciendo. De éste entresaqué un texto del cual dejé constancia en este blog, Es inolvidable pues me quedó la impresión que me habría bastado con extender los brazos para acariciar a los halcones. Aquella la recuerdo porque me entretuve, mientras escribía, en dibujar, en un espacio en blanco, mis pies con un bolígrafo de tinta dorada y así vengarme de la mirada dura de un retrato de la época azul de Picasso que parecía recriminarme desde una lechosa nocturnidad.
Pérdida amarga. Guinda para una semana negra. Haciendo memoria no recuerdo un semestre más triste que el de este año: todo han sido quebrantamientos, y hasta los momentos más felices están teñidos de una tristura que deja un poso agridulce. Ni siquiera en los momentos más oscuros de la década de los noventa me sentí tan abatido como ahora.
Fue mientras paseaba y trataba de hacerme una idea de lo ocurrido cuando comprendí que lo que era mandato se convertía en necesidad. Ante lo inevitable del naufragio el navío debía ser abandonado definitivamente, y eso incluye este blog. Todo cuanto aquí ha sido escrito se sostiene sobre una plantilla que me es ajena, que ya no me pertenece pues ha desaparecido el nexo que lo sustentaba. Debo embarcarme en otra nave, iniciar una nueva singladura.
¿Ha llegado la hora de acabar con Oneguin? Que sea el mismo Alexander Sergueievich Pushkin quien replantee la cuestión:
«¿Es el de siempre o habrá cambiado?
¿Habrá renunciado a su locura?
¿Qué máscara ostentará ahora?»

domingo, julio 17, 2005

A V I S T A M I E N T O S

A menudo, por las miradas caritativas de la gente que se cruza conmigo en la calle, descubro que voy sonriendo. Muchas veces olvidamos que una sonrisa en un magnífica manera de estar a gusto con el ridículo de las propias acciones.




martes, julio 12, 2005

Al crepúsculo de esta tarde he ascendido por el pinar buscando una roca desde la cual se domina la vista de la Ciudad Dorada, aproada hacia poniente. Sólo que esta vez no me senté en ella a escribir, sino que me aparte a un lado y sobre un claro reseco me tumbé inerme.
«Niño mal criado». Podía escuchar la voz de mi madre amonestándome por mi despreocupado descuido y dejar que la ropa se me manchara de polvo y paja. Pero mi ama está lejos. La conciencia tiene reflejos inveterados y gracias a ellos la nostalgia también juega un papel de raigambre. Raíces… existen, pero hoy no forman parte de mí aunque yazca tumbado sobre la tierra y me parezca que mi cuerpo se asemeja a un tocón desmochado Atavismo de un reflejo ya inútil me dejo acariciar por la luz dorada. Puedo ver su reflejo entre las sombras de las ramas de los pinos jugando con mi rostro. Entonces dejo de ser yo mismo para transformarme en agua cuya calma sólo se sobrecoge por la brisa del atardecer.
Pienso en la Santa Teresa de Bernini. Si hay un goce extático también hay un sereno dolor. Ambos tránsidos salvo que el primero colma y el segundo sume en la nada. Lo que queda es este polvo vuelto al polvo, un abismo trascendente más allá de uno mismo. Se respira pero se ha dejado de ser. Lo comprendo al ver a una pareja de codornices pasar por mi lado, atemorizadas por un trío de halcones que planean a baja altura. Pues soy vacío ignoran mi presencia y sólo, cuando una sonrisa ilumina mi rostro ante la fugaz visión, me rehuyen y se alejan dejándome sumido de nuevo en la nada.
Puedo parafrasear a Santa Teresa -¿o era San Juan?-, las figuras, las experiencias, se solapan hasta la confusión. Empiezo a vivir sin haber vivido en mí. Misticismo y primitivismo conducen a la misma encrucijada: no hay fe sino regreso por un instante al Paraíso. Un momento que concluye al ponerse el sol y la primera racha de aire frío me sobrecoge. Homo erectus de nuevo. Dignidad, salvo por las briznas de pinocha y las motas de polvo. Ellas quedan como recuerdo de ese instante de plenitud. Me las llevo conmigo sonriendo a la voz lejana de mi ama.




domingo, julio 03, 2005

Mucho me temo que el sosiego tras la Campaña me ha dejado algo mohíno. Pero no es menos cierto que si uno se abandona a evocar imágenes felices, hasta la melancolía es capaz de iluminar una sonrisa en el propio rostro.

Ayer escribía sobre el viejo sillón que ha sido mi silencioso compañero de viaje a lo largo de mi existencia, y ahora, al terminar la lectura de «El concierto de los peces» de Halldór Laxness, me ha venido a la memoria el cuarto donde un día nací. Al igual que el Álfgrímur (El que habita una noche entre los elfos) nos embarcamos para vivir nuestra existencia dejando una tenue estela tras nuestro paso. Es un periplo que, contra lo que se diga, a veces retorna al punto de partida, sólo que la perspectiva ha cambiado. Por fortuna el paisaje de mi infancia no me pertenecía y nadie tuvo que sacrificarlo para esclarecer mi futuro. Gracias a eso todavía puedo tornar a él.

Voluntades, destinos y veleidades han modificado aquel cuarto hasta lo irreconocible, pero sus cuatro paredes no se han enmohecido: Impertérritas siguen arropando el aliento de nuevas generaciones de la familia y aunque ya no puedo acostarme en esa cama aunque sea para echar una cabezadita, me gusta sentarme en su borde a dejarme sorprender por las ingenuas historias que mi dicharachera sobrina me cuenta. Es una impresión envuelta ahora por el aroma a flan casero, cociéndose al baño maría en el horno.

Me parece que Laxness tiene razón al afirmar que «Los espíritus escapan del pozo del olvido» y que «La riqueza verdadera es lo que los demás no pueden quitarte».

(Halldór Laxness.- «El concierto de los peces» Editado por Turner en traducción de Enrique Bernárdez)




sábado, julio 02, 2005

El viejo sillón de mi habitación es un mueble sencillo, resistente para cuanto ahora se estila aunque su tapicería ya va mostrando signos de fatiga y que, no obstante, se ha adoptado a las formas orondas de mi cuerpo. Con más años que uno, posee esa virtud de las ayas fieles y maternales de confortarte en silencio sin entrometerse en los asuntos que no son de su incumbencia. Por eso su sensación de comodidad transciende más allá del mero reposo físico.

Este es el mueble en el que ahora descanso, con las piernas recostadas a la antigua usanza sobre un escabel. Tengo la mirada perdida entre las brumas azules que, desprendidas por la pipa, adensan el ambiente de este cuarto. De vez en cuando, no obstante, vuelvo la vista al atlas. Por mucho que evolucione la cartografía hay espacios que se mantienen inalterables en el tiempo. Las mancha azules de las mares son una de ellas. Contemplo una en concreto. Comparada con el resto es tan pequeña, tan diminuta… y no obstante, según la hoja de ruta, se necesitarán siete días de regata para atravesarla.

La vista se deja llevar. Como antaño las paredes del cuarto se desvanecen, se transforman en horizontes. Dudo. Hay un gaviero en mí, lo sé pues escribí sobre él aunque mi vista ya no sea la del halcón de antaño, pero también existe otro marinero: aquel que cruzó la Mar de Irlanda, y se pasó todo el tiempo purgando las entrañas por la borda hasta el punto de olvidar vértigos y equilibrios, quien fatalmente hubiera caído al agua de no ser por la oportuna intervención de un hercúleo peruano que trabajaba en las plataformas petrolíferas de la Mar del Norte.

Tras sopesar pros y contras acaricio el terciopelo verde de los brazos del sillón. La pipa se apaga, sólo queda el tacto cálido de la cazoleta y la boca seca sonríe. Enloquecer, y soñar: el salitre de la vida. Loco sueño es éste de querer enrolarse, bien cumplidos los cuarenta, como grumete en un velero para correr temporales por la más querida de mis mares.

Despuntan las primeras luces del amanecer y la vida cotidiana despierta un día más.




viernes, julio 01, 2005

Admiro a esos trabajadores que son capaces de pasarse horas y horas detrás de un mostrador atendiendo a la gente. Me admiran quienes, a pesar de las presiones de filas, colas, impaciencias, agravios, improperios y desaires, siguen manteniendo la compostura y la cortesía en el trato. La humanidad de una sola persona contra la deshumanización de la masa amalgamada de egoísmos.
Viene esto a colación a causa de una amiga que ?en referencia a este blog? me escribía el otro día que me prodigaba poco en público. Tiene razón. Pero eso no me preocuparía mucho, pues no en vano mis conocidos me consideran uno de los tipos más asociales que conocen, si no fuera porque también en privado apenas me he prodigado. Ayer terminé una campaña de tres meses que se repite cíclicamente todos los años, como los huracanes caribeños, y, a pesar de haber sido más suave que la de ejercicios anteriores, reconozco que ha vuelto a dejarme tocado, sobre todo porque estos últimos siete días han sido horribles. Como tal campaña se publicita y campaña es no exenta de belicismo: Uno se mantiene en el blocao de su mesa durante más de doce semanas resistiendo el embate de codiciosas oleadas de gente que se suceden sin parar durante seis horas diarias. El desgaste es imperceptible hasta esa mañana en la que te levantas empapado en sudores fríos tras descubrir que tu trabajo te ha envenenado hasta el subconsciente.
Poco es lo escrito en este primer semestre del año. Hay muchos motivos para ello que no hace al caso publicar, pero sin lugar a dudas, la maldita campaña no ha hecho sino acentuar ese proceso de esterilidad creativa. El agotamiento es un mecanismo de defensa: las reservas de energía se desvanecen y es necesario no dilapidarlas para evitar caer en la consunción. Por eso se acaba por insensibilizar el espíritu.
Pero todo ha terminado. Para mí con julio comienza en verdad el nuevo año.

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