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jueves, mayo 29, 2003

Me he desentendido de la tagarnina. La arrojé al abismo con la creencia -mientras la veía volar- que cuando impactase contra el océano este ardería en un crepúsculo que devoraría mis deseos. Pero la mar la devoró sin devolverme siquiera el chisporroteo agónio de la pava seca.
Arrumbé hacia la casa con la mirada -a manera de timón- fija en aquella figura que permanecía a pie firme junto al umbral, sin inmutarse, como si supiera que no podría obrar de otra manera que llegarme hasta ella, saludarla en silencio inclinando la cabeza, llevándome la mano a la visera de mi gorra para interponerla entre nosotros, porque soy vanidoso en mi soledad marinera y no quería que ella se fijara en la señal sangrante de mi ridículo desastre, ni yo reparar en un rostro que ansiaba no dejara de ser sombra velada por el contraluz para evitar la tentación de echar el ancla.
Me senté a la mesa en silencio, y, callado, comi el plato de potaje de vigilia, con sus saladas tajadas de bacalao que ella me sirviera sin abrir la boca antes de retirarse a su alcoba para que yo pudiera desnudarme sin miedo y pudiera poner a secar en el hogar mis ropajes de náufrago sobre un fuego de gruesos troncos resinosos que crepitaban unas llamas bermejas que crepitaban rumorosas. Porque ellas estaban desde siempre en aquella casa donde nunca entró varón y en esta ocasión, contra su costumbre, la mujer había cerrado la puerta de su cuarto negándolas el deleite de la voluptuosidad de sus carnes antes de acostarse.
Cerré la puerta en silencio. No quise despertarla con mi partida furtiva. La noche era océana y me perdí en el negro horizonte del olvido, iluminado por la sonrisa de orate que se adueña de todo marinero cuando su espíritu se enajena ante el deseo irrefrenable de hacerse a la mar.
Todo esto acaeció pero al suceder en tierra firme no lo reflejé en mi diario de a bordo, sino en la memoria, que es más indeleble y más frágil que el papel.



Acaecimientos:

Un poeta olvidado escribió:

Jadeo del amante,
mar océana y espumosa,
eternidad de un deseo,
donde todo puerto es naufragio
y toda estela derrota.
La rosa de los vientos
es sólo un tatuaje
sobre su piel,
y siempre el mismo oráculo,
-sólo hay que saberlo leer-
de la vida revela
N O S E


Estos versos me vinieron a la memoria mientras yacía sentado en un farallón, apurando uno de los habanos que tenía guardado para cuando me despertara tras una de esas inmensas borrachoras en las cuales suelo ahogar la melancolía de haber arribado a puerto. Aquella caja de habanos y la botella de calvados fueron lo único que se me ocurrió salvar cuando logré recuperar mis sentidos tras el golpe dado contra uno de los mámparos al encallar.
Es absurdo, lo sé. Pero viéndome perdido, con el agua literalmente al cuello al menos decidí morir dándome el gustazo de saciarme una vez más en aquellos placeres que me han alegrado la existencia.
Sabiendo hasta que punto el alcohol es un magnífico inhibidor de la conciencia, apuré la botella a largos tragos que me carraspeaban en la garganta. Sólo que por debajo de toda conciencia existe un mecanismo de inercia donde la vida late con pulso propio. De lo contrario no acertaría explicar como pude aparecer en aquel escarpado farallón desde el cual podía ver, el derrelicto de mi navío haciendo agua.
Eché un vistazo a este paisaje olvidado -si es que alguna vez llegué a conocerlo-, donde he permanecido varado una eternidad, alojado en esta extraña casa, no menos olvidada que esta costa, cuyo humo me cautivó desde un primer momento mientras el espinazo se sobrecogía instintivamente al reparar en la figura que permanecía, como un guardacantón, frente a la puerta de la casa, sin apartar la mirada del humo azulón de mi habano que, ironías del destino, estaba seco.
Supongo que el ardiente deseo de un vaso de agua fue lo que decidió que camino tomar en aquella encrucijada.



Acaecimientos:
A medio día, sumergido en un mundo de azules altos y claros, inalcanzables en sus vastos horizontes, me sumi en una ebriedad cuya única pretensión era la de hacerme hablar, la de sentir mi propia voz como algo extraño, ajeno a mi propio ser.
Fue como si al arreciar el viento, en vez de arriar las velas, las cargará más allá de toda resistencia. Pero extrañamente, por una vez, el mástil de recio roble, resistió el envite y lejos, muy lejos de quedar desarbolado trazó mi derrota dejando una estela seductora de espuma blanca. Nada me importaba saber que las aguas volverían a su ser y aquella estela sería sólo un instante, un delicioso fragmento de un impulso sin final o sentido determinado. Hay un placer extraño en la contemplación del propio destino recorrido, por muy futil que este sea.
Luego cayó la noche. La estela se perdió no en la propia mar, sino en la oscuridad. «Extraño engaño el de la luz» -pensé- en un último arrebato crepuscular de mi ebrio pensamiento, pero no pude pasar más allá. También la intución se desvanecía en el negror nocturno. Era como si la noche fuera una niebla ácida en la cual toda esencia se disolvía y dejaba de ser. Pensé en las viejas palabras de la Biblia: Polvo eres y en polvo te convertirás. Frases de gente del desierto. En realidad somos agua y en agua nos convertiremos. Como los héroes de las sagas escandinavas, un día mi navío naufragará envuelto en llamas y mi cuerpo será entonces uno con esta mar que según su genio cambiante -tan femenina ella- lo mismo me acaricia suavemente, para luego, de pronto, zarandearme terriblemente. Naturaleza arrebatadora que no deja de cautivarme.



El capitán Blight, ya saben, el de la Bounty, era, sin lugar a dudas, un buen marino: sólo un buen marino puede recorrer miles de millas en un bote en medio del Pacífico y poner a salvo a su tripulación, algo que no supieron hace los náufragos del Essex, aunque su fracaso fue la inspiración de Melville, así que fue mayor el beneficio que la pérdida. Pero el capitán Blight no era un buen hombre. Simplemente era un burócrata sin corazón. Blight, era alguien para qiuen la disciplina lo era todo, no por que creyera en ella, sino por su fe ciega en los códigos que la refrendaban. Su tragedia fue olvidar que cualquier obra humana es algo en su sustancia fallido, y su fidelidad a la letra le costó el puesto, la nave y, de no haber sido un buen marino, también la vida.
En fin. El caso es que no siendo yo peor marino de cuanto lo fue él -de lo contrario no estaría dando la vuelta a mi vida en solitario- me desagrada su rigidez, su deseo de ser obedecido a cualquier precio, así que sigo dejando constancia de mi navegar, sin regirme por regla alguna que no sean las que yo me impongo cada dia según mi humor hasta que las velas fecundas se ajen.


Es curioso. Uno anda con el monitor reducido a mínima expresión, jugando con esa flecha voluble disparada por el ratón hasta que, como cualquier ser humano, me equivoco y pincho sin quererlo en una frasecita. Así es como surgieron de pronto tres fotos; y como el pasajero mareado, que levanta la vista al fin de la borda por donde fue, mar adentro, hasta la primera leche que mamó, descubrí entre irisados juegos de colores, un par de piernas tan blancas como una ola de mar arbolada y sobre ella, como jugando, el antojo de un delfín rojo.
Desde ese instante, he andado soñando con ese delfín, imaginando su rostro humano, que es el de la caricia. Pero no hay nada que hacer. Por más que uno surque los océanos, corra tempestades o cabote las más inhóspitas costas, la mar sigue siendo un rostro impenetrable y abismal que viste, como una novia, medias de seda blanca.


sábado, mayo 24, 2003

Mmm... vaya locura, embarcarse sin conocer los instrumentos. Voy dando bandazos. He reescrito esta nota no sé cuantas veces y de cuantas formas distintas, pero no lo tengo nada claro que el asunto funcione. Soy un desastre. Lógico es que uno acabe por convercerse que el fin de su singladura no pueda ser otro que el naufragio. Sobretodo una tripulación animosa que no falte.

viernes, mayo 23, 2003

Una imagen vale más que mil palabras.
Bueno, en realidad esto es un mero ejercicio para aprender a no ser un zoquete y poder iluminar mi blog.

je je je




miércoles, mayo 21, 2003

En McSevilla a 21 de mayo del 2003.
* * * * *
Varado en puerto, anegado de cerveza que me sale por los imbornales, mientras una delicia de luna deja a la hora de la siesta su marca bermeja en mi cuello, doy comienzo a esta jornada. Navego sin cartas esféricas ni de marear. Mmm... da igual. Me guiaré por las dos lunas de mi amada.


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