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miércoles, octubre 29, 2003

Cada vez es más difícil resistir el empuje de Mr. Hyde. Ayer leí a Marco Aurelio con la esperanza de hayar un consuelo, pero sin embargo encontré esta frase:«Cerca, tu olvido sobre todo; cerca, el olvido de todos sobre ti.» Me tienta la idea de volver a mi soledad, de alejarme definitivamente de todo, que es la misma razón por la cual recalé hace un par de años a esta ciudad dorada, de dejar de hacer daño a cualquiera que no sea yo mismo. La lucidez de mi propia ruina humana no puede arrastrar consigo a nadie más.
Vuelvo a leer aquellas anotaciones del primero de agosto. Son terribles y ciertas y ambos teníamos razón. Creo que todo este tiempo ha sido un desesperado intento por encontrar una salida, ahondar en una herida que no ha dejado de supurar hasta necrosarse.

martes, octubre 28, 2003

A veces tengo la impresión que el dolor es una bendición. Una maldita finta que trata de distraerme del lado siniestro de mi ser, una sombra a la que le encanta jugar a Atila conmigo mismo.
Me he pasado todo la tarde escribiendo como si no pasara nada y todo siguiera igual. Me sentía satisfecho sólo que he cometido el error de leer lo escrito. Entonces ha sido cuando ha aflorado Mr. Hyde, quien, aparte de malo no es tonto, por eso es arrebatado, porque los frutos de sus golpes de furia son tan devastadores como el caballo de Atila.
Mr. Hyde quería destruir lo escrito, arrojarlo a la basura y de allí al basurero para que nada pudiera recuperarse, para evitar toda posibilidad de salvación, para que el naufragio fuera completo.
Mr. Hyde quiere que deje de escribir, que renuncie de una vez a mis sueños y asuma mi anodina realidad de ser ceniciento.
Me pregunto si debería inclinar la cerviz ante él. Quizás tenga razón pues después de todo, aún en su perversidad, Mr. Hyde siente el instinto primario de la supervivencia.

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