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domingo, enero 25, 2004

Según mi catálogo adquirí «Cuatro cuartetos» en la ciudad dorada hará algo más de un año. Desde entonces intenté leerlo en varias ocasiones y, aunque a la vista del marcapáginas, llegué en una ocasión a concluir el primero de los cuartetos, es evidente que los versos de Thomas Stearns Eliot fueron agua resbalando por sobre mi mente aceitosa. Sólo por casualidad volví ayer a él cuando, llegada la hora de la partida, descubrí que no tenía nada que leer para mi viaje en tren. Lo cogí porque sabía que si me cansaba de él siempre podría perderme en la bruma que envolvía el paisaje desde por la mañana, como queriendo arropar con su húmedo aliento una soledad necesitada de sosiego.
Una vez acomodado lo mejor que pude en mi vagón, saqué el tomo y comencé a leer:

«Lo que pudo haber sido y lo que ha sido
miran a un solo fin, siempre presente.
resuenan pisadas en la memoria
por el pasillo que no recorrimos
hacia la puerta de la rosaleda,
que no abrimos nunca. Así resuenan
en tu mente mis palabras.»

Fue un relámpago. Volví a leerlos un par de veces sólo que al final cambiaba los pronombres del último verso: «en mi mente tus palabras» Tuve un presentimiento y dudé en seguir leyendo, pero como si el propio Eliot presintiera mi temor, escribió casi de seguido

«Otros ecos habitan el jardín.
¿Los seguimos?»

Sí. Debía seguirlos aunque me condujeran a dolorosas conclusiones… y volví a arrellanarme en mi vagón ?tanta es mi soledad en este viaje cotidiano? dispuesto a arrostrar las consecuencias últimas de mi decisión.

«Ridículo el tiempo perdido,
triste, que se extiende antes y después»

Ridículo este dolor, esta amargura sedienta de quien sabe que ha sido expulsado del oasis y es arrojado de nuevo, bien que por sus propios defectos a la travesía estéril del desierto. Ante la conciencia ineludible del propio fracaso me sumergí en los recuerdos, en los instantes de dicha, instantes siempre compartidos, arruinados por las dudas y la mezquindad; mías ambas, siempre mías:

«El pasado y el futuro
permiten tan sólo un poco de conciencia.
Ser consciente es no estar en el tiempo»

Es la conciencia del recuerdo lo que sosiega. Resiste y sobrevive porque el recuerdo va más allá de los sentimientos y de las perspectivas particulares. Nos arraiga y no puede sernos arrebatado sino cuando toda existencia ha sido colmada. Por eso, incluso los más increíbles son más ciertos que el agua para saciar la sed o que la arenilla que irrita los ojos; y ellos son piedra de toque: pueden rubricar o desmentir nuestras palabras.

«En mi principio está mi fin (…) En mi fin está mi principio»

En su modestia los puntos suspensivos encierran todo el segundo cuarteto. Una verdad y una esperanza lo abren y lo cierran. Es extravío, desconcierto.

Soy lo que no quiero ser… no soy lo que quiero ser. Soy una torpe mentira, y si yo callara y permaneciese encerrado en mi caparazón de centollo nada sucedería, pero al aceptar su palabra de amor me convertí en horrible demonio. Por un momento dejé la lectura y contemplé mi rostro reflejándose en la ventanilla oscurecida por el paso del túnel. Luego se hizo de nuevo la luz y mi faz se desvaneció en un llanto pausado, frío, ajeno.

Tardé en volver al libro lo que el tren en descender por la falda de la sierra y para que no me arrepintiera de mi decisión allí estaban aquellos versos del tercer cuarteto:

«Llevamos el río dentro y el mar
está a nuestro alrededor; es también
el mar borde de la tierra, el granito
que roe, las playas a las que arroja
sus insinuaciones de una distinta
y anterior creación.(…)
Tiene el mar muchas voces; muchos dioses
y muchas voces»

Para entonces ya empezaban a dejarse sentir los primeros síntomas del dolor, de la opresión que, enturbiaba mi razón, como si mi pensamiento fuera una masa que se iba resecando en mis senos.

«Recomponer pasado y futuro
entre la medianoche y el alba,
cuando el pasado es todo engaño
y no tiene futuro el porvenir,
antes del cambio de la guardia,
cuando de detiene el tiempo y no tiene
el tiempo fin»

Era la primera bofetada, porque las verdades, las revelaciones dejan en el espíritu ese escozor propio de los soplamocos en el rostro. Lo verdaderamente demoníaco de los diablos, sean estos grandes o pobres, es que no desean ser redimidos. El mal anida en ellos de las más distintas formas, en su esencia más pura o en otras más sutiles como la melancolía o la infelicidad. Hábito, costumbre, no en vano se dice que más sabe el diablo por viejo que por diablo; y cuanto más viejo más pellejo. Por eso son tan peligrosos, porque entrar en contacto con el abismo es arrojarse al vacío.

«Nunca acabará el lamento callado,
ni el marchitarse de la flor marchita.»

Verso cruel. Para la Rosa de Jericó, para la Rosa no soy una lluvia que sacia sedes fecundas sino un vacío gélido, un vacío informe capaz de devastar el más cálido afecto.

«La gente cambia y sonríe, pero la agonía
permanece»

Recuerdo lo que escribió Delacroix: «El enemigo está dentro, en el corazón, su mano alcanza todo» Para añadir años más tarde: «Hace falta una gran audacia para atreverse a ser uno mismo»

Uno tiene que vencerse a sí mismo para sobrevivir, para no caer en una monótona dejadez… y sin embargo, fue el abandono lo que convirtió «nuestros» días en una aproximación al Paraíso, pues la dicha nacía del abandono de la realidad cotidiana y sólo estábamos nosotros solos y la ciudad que nos arropaba sin árbol de la ciencia alguno al que no pudiéramos acercarnos.

Que la bestia vuelva a su cuvículo es bueno pero para la rosa hay esperanza:

«Cuando arranca el tren y los pasajeros
quedan instalados ante su fruta, su prensa
y sus cartas de negocios (dejaron
ya el andén quienes acudieron a despedirlos),
sus rostros se distienden del pesar al alivio,
al ritmo soñoliento de cien horas.
¡Adelante viajeros! No huís del pasado
hacia otras vidas o hacia algún porvenir; no sois
los que dejaron aquella estación,
o los que llegarán a algún destino
mientras se estrechan los raíles a vuestra espalda;
y sobre la cubierta trepidante del vapor,
observando el grupos que tras vosotros se ensancha,
no penséis: «el pasado terminó»,
o «el futuro se extiende ante nosotros».

Para añadir contundentemente más adelante:

«No adiós,
sino adelante viajeros»

Queda para el final la última, y acaso más amarga revelación:

«La acción justa
es también liberación del pasado
y del futuro. Para casi todos
nosotros ésta es la meta que nunca
alcanzaremos; nosotros, que sólo
logramos no ser derrotados
porque hemos perseverado»

Sí, fui derrotado por dejarme arrastrar por mi propio ser, por esta melancolía atávica e inveterada, por la plúmbea corriente de un pasado ridículo, de la que ella siempre me rescataba con palabras que silenciaban su propio esfuerzo mientras se echaba sobre sí mi pesada, mi demoníaca fatiga.

«Al fin el tormento
de repetir cuanto uno ha hecho y sido;
la vergüenza de comprender los móviles tarde,
la conciencia de haber obrado mal
y en perjuicio ajeno creyendo ejercer
la virtud. Duele entonces el elogio del necio
y el honor nos mancha. Avanza el alma
exasperada de error en error»

Ella se ha ido, la he alejado de mi lado en silencio, incapaz de seguir soportando un sacrificio, el suyo, que sólo podía conducirla a la aniquilación. Mientras ella estuvo en derredor, allí o aquí, superando distancias constantemente ?y siempre me ha parecido que un deseo, una pasión capaz de salvar espacios es un amor verdadero? yo me elevé por encima de mi mismo. A pesar de ello nunca llegué a alcanzar ese grado suyo en el cual llegó a amarme porque la hacía feliz igual que ahora me odia porque la hago desgraciada; y aunque bien sé que por este hedonismo, sus sentimientos puedan parecer espurios y que no soy el ángel ni el demonio que ella idolatra, ?¡cuántas veces la dije que jamás llegaría a quererla tanto como ella me amaba!? ahora, cuando ella se ha ido llevándose consigo el paraíso y vuelvo a quedar sólo en mi vacío, cobro conciencia del tiempo que la robé, de mi propio engaño y con ello del engaño en que la sumí.

Hasta aquí llegó la impresionada lectura y con ella el viaje.

Hora y media más tarde, mientras paseaba por la Corte me llegó su mensaje. Lo he escuchado varías veces a lo largo de estos días no sólo con la esperanza de engañar a la máquina y que tras cada audición me lo vuelva a guardar por otros tres días, sino para escuchar su doloroso aviso para este navegante solitario. La escucho y al escribir esto me pregunto si tiene razón al afirmar que, una vez destruida mi felicidad, neciamente me zafaré ante un papel o, lo que es peor, ante un blog. También Eliot escribió al respecto:

«Intentando aprender a utilizar las palabras,
y es cada intento un comienzo totalmente nuevo
y un fracaso de orden completamente distinto
porque sólo se aprende a dominar las palabras
para decir lo que uno ya no quiere decir
y para decirlo como a uno no le gusta
ya decirlo.»

Pero ahora no tengo fuerzas para darme una respuesta, y por el momento releo dos versos que siguen un poco más abajo presintiendo que a partir de ellos pueda hallarla:

«Pero tal vez no haya pérdida ni ganancia.
Para nosotros no hay sino el intento.»

(Dejar constancia que he leído la edición de los «Cuatro cuartetos» preparada para Cátedra por Esteban Pujals Gesalí.)

jueves, enero 22, 2004

La tempestad se desencadenó, súbita, inesperada a pesar de los signos que la presagiaban y ahora el barco anda desabolado, encapillando ola tras ola. Sólo que esta vez he decidido que no voy a abandonar el navío. Es mi única perspectiva. No hay otro horizonte. Cuando las cosas se calmen será el momento de valorar los daños, por ahora me doy por contento con seguir a flote.

martes, enero 20, 2004

Cotidianidad. A veces me parece que, como esos terribles moluscos que taladran la madera de los cascos conocidos como broma, la cotidianidad trata de destruir mi nave.
Pienso en esto al recordar los sucesos acaecidos estos ultimos dias.
El pasado domingo mi pareja me decepcionó. No la creía capaz de un corazón tan mezquino. Su venganza me parecióo ruin, deleznable y sobretodo inútil porque recaía sobre inocentes que, como ella, no eran sino víctimas del propio medio que ella detestaba. Lo peor era escucharla reirse de todo ello y esa risa, precisamente, me ha dejado un poso amargo que no cesa de reconcomerme. La siento como esos signos amenazadores que hacen presagiar la tempestad.
Por si eso fuera poco de súbito hoy descubro -aunque gracias a una buena amiga estaba sobre aviso- que el foro donde de vez en cuando me evadía, es un nido de víboras que, tras un período de calma, casi diría que agotamiento, se han lanzado las unas sobre las otras para echarse en cara los venenosos dardos de su pasado. Un asco.
En medio de todo esto ando sumido en una somnolencia que me vence a primera hora de la tarde. Ya el viernes tuvieron que despertarme en dos ocasiones los revisores del tren para pedirme el billete y tanto ayer como hoy, una vez cumplida la jornada de atención al público el sueño me ha rendido en mi silla de trabajo para -afortunadamente- regocijo, que no enojo, de mis compañeros.

jueves, enero 08, 2004

Risueño. Así puedo calificar mi estado de ánimo al comenzar el año, y eso que sus primeros días fueron un tanto tempestuosos y, como una nave al pairo, anduve durante algún tiempo dando bandazos para capear el temporal.
Hoy sólo quiero dejar esta referencia, una evocación sensual pero también relajante. Me gusta.
http://www.uam.ucsb.edu/Pages/trevey/representing-america/4x5/sloan-sunbathers-4x5.html

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