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domingo, junio 27, 2004

Una habitación individual.

Mi tiempo se ha cumplido. Una vez cerrada la maleta contemplo este cuarto que, sin ser mi hogar, me ha acogido durante tres noches. De los días que aquí pasé poco puedo decir pues apenas si lo pisé para no hacer otra cosa que no fuera darme una ducha y cambiar la ropa, sudada de pasear incesantemente esta ciudad –el nombre no hace al caso- bajo un calor bochornoso.
Qué decepción me llevé cuando el botones me franqueó la entrada a esta habitación. Sentí un punto de irritación al primer vistazo mientras me destocaba del sombrero de piel de búfalo dejándolo caer sobre la cama, tal y como está en este momento, que no pasó a mayores pues en ese mismo instante sonó el teléfono y la voz amiga del otro lado del aparato me hizo olvidar el engaño del cual en ese primer instante me sentí víctima. Pero como suele suceder, el eslabón más débil de la cadena pagó mi irritación. Ahora que ya no tiene remedio me sabe mal haber dejado sin propina al botones, y no me consuela sentenciar que hasta el más noble de los corazones puede ser víctima de iniquidades, más crueles cuanto más pequeñas y mezquinas.
Vuelvo a mirar el cuarto. A duras penas logro verlo como esa primera vez: siendo consciente de sus estrecheces aprovechadas al máximo aunque a costa de algunas incomodidades, como la reducida movilidad de esta silla donde ahora estoy sentado escribiendo estas líneas, arriesgándome a pillar cualquier mal con el chorro de aire frío que me cae de pleno sobre la espalda. Ahora lo miro con nostalgia pues en él he sido feliz y seguramente por eso sigo aquí, escribiendo, convirtiendo cada línea, cada palabra, cada letra en un acto de resistencia, en un intento por dilatar un rato más la estancia.
Mientras echo un vistazo recuerdo, y caigo en la cuenta que no sé donde fue a parar su vestido. Hay un punto a partir del cual todo se vuelve brumoso, como si no hubiera ocurrido. Justo cuando ella apareció en la librería donde yo llevaba diez minutos ojeando volúmenes sobre los horrores contemporáneos con la cabeza recalentada de llevar todo el día paseando por la ciudad bajo un sol justiciero y el ánimo descompuesto, pues hay cosas a las cuales no se debe hacer frente con el estómago lleno. Entre esa sonrisa del reencuentro y la misma sonrisa recostada sobre el lecho sólo hay una cosa clara: el frescor del agua de la ducha acariciando mi cuerpo, llevándose consigo hacia el sumidero algo más que mis sudores.
Fui gateando a través de la cama hasta que finalmente nuestras bocas se encontraron. Un beso desnudo. Más allá del recuerdo del placer de los sentidos hay en ese húmedo silencio la rúbrica de una amistad cultivada desde siempre en la distancia. Una distancia que hoy se me aparece como un inmenso desierto, no estéril sino feraz, moteado por los oasis de los esporádicos y breves encuentros, como éste que hoy concluye, en los cuales las percepciones se colman y sacian su sed de proximidad, de estar el uno al lado del otro.
- No.
Encuentro en esa negativa que siguió al beso un eco de Lucrecia, pero más noble: renunciar al deseo mutuo para elevarnos. Lucha intestina de mi ser ardoroso convertido en un ejército a la desbandada que levantó el asedio abandonando sobre el terreno, a las mismas puertas de la muralla su ariete, por obra de sus ojos entornados convertidos en una línea no más grande que la del horizonte cuando sonríe.
Miro esta cama que ocupa posesiva todo el minúsculo cuarto, cama contra cuyo cabecero se recostaron nuestras espaldas y puedo ver, a pesar de tener la mirada en el infinito, las yemas de mis dedos trazando estelas por los mares de su piel; y nuestras palabras, apenas susurradas en la hora amodorrada de la siesta, plenas de confidencia, de comprensión, agrandando el horizonte de nuestra amistad.
Recuerdo ese mismo rostro asomando del portal cuando ya la tarde declinaba. Ese rostro de sirena por la cual emprendí este viaje porque Ulises –a fin de cuentas un guerrero- no supo comprender que la seducción, si toma para dar, es raíz de fecundos frutos. Un rostro que perdí de vista al doblar la esquina y emprender el largo paseo que habría de conducirme de nuevo a este cuarto que además de poder recorrerlo en dos zancadas ahora, siendo ya de día y a pesar de estar en el último piso del hotel, hasta me parece oscuro, cuando hace apenas unas horas, siendo noche cerrada, se revelaba mundo inabarcable donde mis palabras eran como la luz de un faro en una noche de niebla.
Para no ahogarme la llamé.
- Cariño.
Hay voces a las cuales uno se rinde porque son bálsamo reconfortante. Me dejé envolver por aquella voz rumorosa y tan cálida, como si aún estuviera sumida en la niebla de la ignorancia de este viaje; pues hay angustias capaces de consumir el espíritu y llevarlo a un punto más allá del cual hasta el más resistente de los seres humanos necesita encontrar un apoyo para no sucumbir.
Trabamos una conversación trivial sobre los frutos recogidos en este cálido domingo de junio salvo por el estribillo de los «te añoro y te echo de menos» reveladores de los centenares de kilómetros que nos separaban a pesar de lo cual era capaz de pasar mi brazo por detrás de su cuello y teclear en silencio fado sobre su hombro. Fue así como las paredes de este cuarto se fundieron y, en una noche sin luna, fueron un vacío plagado de callejuelas estrechas, de casas enjabelgadas, de bares recoletos con aroma a vino y pescado frito hasta que finalmente el cansancio nos venció.
No llegué a diferenciar si los «dulces sueños» fue deseo certeza. Un frío maligno me despertó antes del amanecer. Al tiempo de darme la vuelta en la cama, mientras me arrebujaba entre las sábanas, eché un vistazo al dormitorio y sentí esa sensación de melancolía que se apodera de quien se supo feliz y teme no volver a serlo. Es la misma opresión que siento ahora, cuando ya he recogido mis bártulos y de mi paso no queda otra cosa sino un par de vasos sucios, algunas botellas vacías y un cenicero colmado de tabaco consumido. Queda lejos la desagradable impresión que me inspiró esta habitación. Miro sus estrechuras con simpatía, seguramente sin ellas no habría tenido conciencia de los mil placeres que, por una presencia o desde la ausencia, me fueron otorgados para derribar los estrechos tabiques de mi soledad. Pero -siempre existe un pero- es hora de partir.

El cuarto de un espectro


martes, junio 08, 2004

Me despertó el tacto del viento tableteando en las persianas. Cuando abrí los ojos las luces espectrales de los relámpagos filtrándose a través de las rendijas me despejaron y luego el tronar seco que caracteriza a las tormentas de estas fechas acabó sino por desvelarme, si al menos arrancándome del sueño profundo para sumirme en un duermevela donde, de pronto todo el mundo era un montón de palabras exóticas como Skagerrad, Kategad, Sund, Jutlandia, Sonda, Hornos, Buena Esperanza, Matxitxako, Finisterrae, Cható, Sablon... espacios de los siete océanos y los setecientos mares recorridos en silencio por decenas de navíos dibujando estelas que trazaban una efimera tela de araña espumosa que confluía en un único punto.
Hasta yo mismo, en ese instante navegaba desde mi lecho, sobre un mar de cereal, verde aún, todavía no agostado; y me hace ilusión pensar que, el próximo viernes, cuando el verdadero aroma de la mar me despierte con las primeras luces del alba me será dado ver a todos esos veleros confluyendo en la Rosa de los Vientos de una Barcelona siempre cautivadora y acogedora, con los vientres fecundos de sus velas hinchados, ya sea por el Migjorn, el Garbi, el Ponent, el Mestral, la Tramuntana, el Gregal, el Levant o el Taloc.

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