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domingo, agosto 22, 2004

¶ He creado un nuevo blog. Un espacio dedicado al que seguramente sea el más fiel de mis compañeros, aunque también haya resultado uno de los más crueles. Es un espacio íntimo, sin otra pretensión que dar cuenta de las impresiones que me causa su presencia más o menos cotidiana en mi existencia. Algunas de ellas las fui escribiendo sin ganas ni acierto, pues están compuestas en caliente, y con el mismo desorden se han ido acumulando a la espera de una decisión para darlas cuerpo. No será así. Dejaré que fluyan en este espacio blanco, gélido, ajeno, según mis ganas o cuando él comparezca y, al releerlas, descubra una semejanza con alguna situación ya vivida.
¶ He aquí una idea concebida en un instante de lucidez, un proyecto más de los que últimamente bullen en mi mente. Es extraño pero me siento sereno quizás por eso haya escrito:
¶ «Hoy me siento libre, sin corazón probablemente. Por eso resisto: pues hay lugares que son inconquistables para el dolor; un enemigo que sólo puede vivir, aunque sea a salto de mata, en aquellos parajes donde la vida palpita.»








sábado, agosto 21, 2004

Ayer por la tarde, cuando me dirigía a la estación vi a un gato, uno de esos gatos callejeros de pelo rata atigrado comiendo. Algo de lo más normal de no ser porque aquello que lamía, y yo no lo podía ver, estaba en medio de una de las más grandes arterias de la Ciudad Dorada. Veía subir los automóviles que, ante la imperturbable actitud del animal -si el hambre agudiza el ingenio lo hace hasta la imprudencia- y no dejaba de preguntarme cómo no se daba cuenta del peligro que corría.
Aquel espectáculo cautivaba mi mirada como antaño lo hacían los equilibristas o los domadores del circo y me preguntaba en qué momento se produciría el desastre. La respuesta no tardó en llegar. Un camión por la derecha y el auto no pudo desviarse, era el gato o el accidente. Supongo que el felino, ensombrecido de pronto por aquel runrunear, se sobresaltó en el único momento en el cual debió seguir haciendo el Don Tancredo. Silencio, un silencio vacío y luego el animal retorciéndose, tumbado sobre un costado, intentando como un cangrejo ponerse de pie. Su cuerpo se arqueaba, sus extremedidades se agitaban pero sus esfuerzos eran vanos.
Seguí mi camino, llegaba con el tiempo justo para coger el tren. Quizás debí dejarlo marchar. No, no se debe perder ningún tren. Sólo en una ocasión perdí uno y fue en un sueño, pero no lo perdí, simplemente se desvaneció.
Pienso en esa visión vespertina con horror, pero no por la visión del accidente en sí, sino porque fue el preámbulo de una de las tardes más crueles de mi vida; y aunque estoy seguro que seré capaz de volver a enderezarme no es menos cierto que lo haré con el espinazo de la ingenuidad quebrado para siempre.

miércoles, agosto 04, 2004

Sé muy bien porqué razón la semana pasada decidí caer en la tentación y leer «Solo» de August Strindberg. Un tomitode unas cientocincuenta páginas leído mientras escuchaba un cedé de música Klezmer cuyo título más o menos era «Una boda sin novia»
Como el caso es que el libro se presentaba como una continuación de «Inferno» estos días lo he estado releyendo y me he encontrado con algunas frases llamativas.
Así Srtindberg escribe: «¡Vae soli! ¿Quién es, pues, el que me prepara estas emboscadas, tan pronto como me aparto del mundo y de los hombres? ¡Alguien que me ha tendido una trampa! ¿Dónde está? ¡Me enfrentaré a él!...»
He aquí el drama de alguien que se enfrenta a la soledad, pero no por gusto, sino por necesidad. Es el problema de quien trata a toda costa de no perder el contacto con una humanidad que, parece evidente, lo rechaza. Por eso, en un desesperado intento, toma la decisión de mantener la relación por las malas. Ese alguien no es un sujeto sino la esencia misma que causa la ruptura, el rechazo.
Strindberg no es, por mucho que lo pretenda un solitario, sino un rechazado, un marginal, alguien decidido a convertir al mundo en una creación personal, aunque esa creación esté a punto de acabar con él espiritualmente.
Ello no obsta para que el dramaturgo sueco exhiba una absoluta lucidez que casi le convierte en un profeta. Cuando leo: «Una generación que había tenido la valentía de acabar con Dios, de demoler el Estado, la Iglesia, la sociedad y las costumbres, se seguía inclinando ante la ciencia en la que debía reinar la libertad, y cuya consigna era: ¡O crees en la autoridad o debes morir!» pienso que Strindberg está -acaso sin darse cuenta- en estas tres líneas definiendo, en sus albores, uno de los rasgos más claros del siglo XX, y no parece que el rumbo del nuevo milenio vaya a cambirar mucho al respecto.
Aúnque no he terminado la revisión, y supongo que volveré en alguna otra ocasión a referirme a estas lecturas, en conjunto ni «Inferno» ni «Solo» me dejan la impresión de dureza, de ese espíritu titánico que al parecer llamó la atención de Kafka o Mann. Es más, en ocasiones me deja una impresión de vergüenza ajena. A veces tengo la impresión de estar leyendo una especie de Josep Torres Campalans, una magnífica impostura autobiográfica tras la cual se esconde un proceso de degeneración mental, ante cuya simplicidad uno no puede evitar de vez en cuando esbozar una sonrisa, lo que, curiosamente, convierte en más peligroso ese proceso paranoide.

Los textos citados han sido extraídos de «Inferno» editada por El Acantilado en traducción de José Ramón Monreal.


domingo, agosto 01, 2004

«It's just the night in my veins,
Oh,
making me crawl in the dust again.
It's just the night
under my skin,
slipping it in

He's got his hands in my hair
and his lips everywhere
¡oh yeah!
It feels good
it's alright,
even if it's just
the night in my veins
»

«Es sólo la noche en mis venas.
Oh,
haciéndome arrastrar por el polvo otra vez.
Es sólo la noche
bajo mi piel,
deslizándose dentro.

Él tiene sus manos en mi pelo
y sus labios por todas partes.
¡Oh sí!
Es un gozo,
está bien,
incluso si es sólo
la noche en mis venas.»


Escucho la música de The Pretenders. El cedé es el de los grandes éxitos. En su portada aparece Chrissie Hynde vestida informalmente con frac. Contemplo esta carátula en blanco y negro con las letras del grupo dando una nota de color en rojo. Me gusta.

«Brass in Pocket». Sólo ahora soy consciente del tiempo transcurrido desde que bailaba como un endemoniado esa canción. Eran los tiempos del «Penta», de una juventud alocada, sin rumbo, pero también sin lastre.

Vuelvo a verme contemplando el crepúsculo sin dejar de traquetear. Alejándome. En estos días de julio el sol me recuerda a un tímido visitante que no sabe cómo retirarse y su rubor se extiende bermejo por toda la estancia del cielo. Entre él y yo se extendía una meseta ya agostada por unos calores que este año no han sido excesivamente rigurosos.
En ese momento a través de los auriculares me llegó la música:

«Don’t get me wrong
If you say hello and I take a ride
Upon a sea where the mystic moon
Is playing havoc with the tide
Don’t get me wrong


«
No me malinterpretes
si cuando tú dices hola yo me voy a dar un paseo
sobre un mar donde una luna mística
juega con la marea.
No me malinterpretes


Claro que entonces yo todo esto no lo sabía. Tanto que no tarareaba Don’t get me wrong sino Don’t get me cry. Fue Ella quien me mandó el mensaje aclarándome la cuestión. La diferencia me pareció muy significativa sobre todo después de habernos pasado la noche en vela hablando hasta que, al mirar al reló y descubrir la proximidad del amanecer, nos venció súbito el cansancio.

Hoy todo eso son sólo recuerdos, inquietantes por demás, pues de pronto, yo, siempre tan feliz y seguro de sentir las palabras como la sal, que se disuelven en la nada dejando su sabor, desearía que aquellas frases no se hubieran desvanecido y volvieran a mi. Pero quizás sea mejor así.
Miro a Chrissie Hynde. Es cierto lo que decía. Se parece a Ella.
Blanco sobre negro, como los juegos de la memoria.

No me malinterpretes… es sólo la noche en mis venas.




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