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lunes, septiembre 27, 2004

¶ Ayer me levanté temprano y saqué a pasear a la perra. Lo que en principio debía ser una simple vuelta para que el animal se aliviara, pero viéndome con ánimo decidí probar mis menguadas fuerzas dando un paseo por el Retiro. Antaño había recorrido el parque casi a diario, podía seguir el curso de las estaciones y reencontrarme con él me hizo bien. Caminaba con pasos cortos, calmos, intentando recuperarme de una lucidez tan pura como el aire de las cimas del Himalaya en la cual, por circunstancias que no hacen al caso, me había sumido el sábado por la tarde.
¶ De no haber ido ensimismado seguramente no la habría visto: Pequeña como una bala de pistola y verde como la manzana de Adán, destacaba entre la pinocha oscura como la luna llena en la noche despejada. Me quedé sorprendido y al levantar la vista lo vi. Si cierto es que los árboles no nos dejan ver el bosque, en ese instante descubrí que también podía ocurrir al revés.
¶ El árbol era un roble, un recio quercus -del celta kaerquetz que significa árbol hermoso- cuyo tronco, seguramente, entre cuatro fornidos hombres a duras penas habrían logrado abarcarlo. Sólo que aquel tronco soberbio había sido sacudido por la naturaleza y apenas si levantaría unos tres metros sobre sus raíces. Era fácil imaginar que adversas circunstancias naturales abatieron su altivez. Pero el roble, inasequible al desaliento se había rehecho, y decenas de jovenes ramas volvieron a crecer, a vivir, a sombrear aquel espacio vital con sus características hojas dentadas.
¶ Mientras la perra se daba baños de hierba, me deleite en aquella imagen sentida como una revelación y luego, no sin emoción, recogí varias de sus bellotas, de aquellos frutos verdosos. Cuán diminutas son en comparación con quien los engendró, y sin embargo en sus frágiles cuerpos ovalados encierran toda esa orgullosa vitalidad. Por la tarde, con la impericia propia de quien todo lo ignora sobre jardinería, las planté con cuidado antes de emprender el viaje de vuelta a mi anodina cotidianeidad en la esperanza que la metáfora trascienda más allá de la imagen, del instante.




jueves, septiembre 23, 2004

¶ A principios de mes compré «La noche del oráculo» de Paul Auster. Hoy pasé por una librería y he visto que el libro va ya por la segunda edición. Bueno, a fin de cuentas se trata de un autor consagrado. Si he de ser sincero diré que no me ha gustado nada. Las primeras páginas son como las piezas de un puzzle sacadas de la caja. Uno cree que al final las piezas encajarán pero lo que en realidad sucede es un largo, y por ello evanescente, prólogo cuya finalidad parece ser desembocar en una anécdota, además de truculenta, previsible cuya pretensión es la de desarrollar la idea germinal que el autor expone en una sencilla frase: «Las palabras matan».
¶ La historia no daba para mucho. Como simple cuento la cosa habría ganado bastante más seguramente. Pero a estas alturas de la fama supongo que a Auster no le tolerarían ni sus editores ni sus lectores un tomito sencillo como aquel del «Cuaderno Rojo»
¶ Quiso la casualidad -alguna de mis amistades han reparado en esta parte austeriana de mi ser- que a la vez adquiriera «La historia de Lucy Gault» de Willaim Trevor y que acabé unos minutos antes de salir a dar mi paseo vespertino. El libro del escritor irlandés juega también con la casualidad pero la diferencia estriba en que aquí juega su papel al principio y poco a poco, a medida que avanzan las páginas -y con ellas el correr del tiempo, se va diluyendo. Al contrario que con Auster, las palabras intentan devolver la vida, sólo que no llegan a ser escuchadas. Este es el drama que se desarrolla, terrible, pero no truculento, sino sereno. Hay en su devenir una calma cautivadora casi extramundana que finalmente hace que las palabras sean superfluas.
¶ Hice bien en mi elección, aunque sólo fuera por casualidad.



domingo, septiembre 12, 2004

¶ La pasión del ser humano por el tiempo: Tratamos de atesorarlo como si dependiera de nosotros su arbitrio.

¶ El recuerdo es una sustancia de la cual se ha extinguido el tiempo dejando sólo un valioso sedimento. De ahí que la sensación sea mucho más profunda a medida que nos remontamos en el pasado. En esto se asemejan a los ríos, que tienen un curso mucho más rápido y abrupto en su nacimiento.





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