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jueves, octubre 28, 2004


¶ Echo de menos la comunicación.
¶ El silencio resulta, en estos días, opresor.
¶ Unas pocas palabras tenían un gran valor. Eran una puerta abierta a un mundo -no muy grande ni llamativo- que ahora no va más allá de sí mismo. Sin la fecundidad de las perspectivas ajenas se reduce, aunque no por ello sus rasgos no dejan por ello de difuminarse en intensidad.




lunes, octubre 11, 2004

¶ En cierta ocasión leí a Julio Llamazares que la primera cosa que le había cautivado de Madrid era la belleza de sus cielos. No seré yo quien le quite la razón pues al principio de empezar a escribir ideé una historia cuyo centro era una imagen en la cual el protagonista, sentado en una terraza de Rosales contemplaba la puesta del sol, no sobre la Casa de Campo, que es la realidad cotidiana, sino sobre una mar verde esmeralda. La historia nunca llegó a término porque a poco leí en Aldecoa la misma imagen, lo cual me causó una impresión que luego se repetiría en otras ocasiones, como por ejemplo cuando Juan Marsé narraba lo ridículo que le parecía ir a un fusilamiento con sombrero de copa. A mí, aquel sombrero de copa, desnudo, caído sobre la arena de playa del cuadro de Antonio Gisbert «EL fusilamiento de Torrijos» más que una ridículo me parecía una excentricidad. Esas frases me dejaban un sabor agridulce. Agrio por que alguien tuviera una idea que creía original, mía; dulce porque, después de todo, si autores consagrados desarrollaban mis imagenes eso significaba que no iba mal encaminado en mi idea de dedicarme a la literatura. ¡Cómo si un autor se consagrara sólo por unas cuantas frases originales! Lo cual viene a demostrar que también la vanidad tiene un lado inocente.
¶ Pero yo venía a hablar de cielos y no de imágenes literarias. Llamazares llegó de su León natal por la carretera de La Coruña, seguramente sin paradas y por ello sin reparar en estos otros cielos, los cielos de la Ciudad Dorada antes los cuales, la belleza de los cielos madrileños palidecen, no sólo porque son cielos abiertos y no enclaustrados bajo una muralla de hierro y cemento, sino porque la tierra, esta tierra parda, está mucho más próximos a ellos.
¶ Todo esto viene a cuento porque esta tarde, vispera de festivo, andando ocioso, tomé la determinación de darme un paseo. Así que me puse el jersey, tomé el paraguas y provisto de un trío de farias me eché al camino. Paso a paso salí de la ciudad y me adentré por uno de esos caminos que un día trazaran rebaños de ovejas o vacadas y que a fuerza de pasar por encima de él los todoterrenos acabaron asentándose, pues en ellos la tierra se ha endurecido y ya no crece el pasto.
¶ Llegó ese momento en el cual uno, sintiendo el cansancio de su pensamiento ensimismado, se detiene y alza la vista. Entonces descubrí que estaba solo, que sólo la meseta -el mar de cereal- me envolvía. Pero sobre ese océano navegaban las nubes, un cielo hermoso. Hacia el sur, las nubes se desgarraban como algodón en rama sobre las cimas y crestas de la sierra. Hacia el sudoeste, por donde las montañas se suavizan y el norte se abre camino hacia la meseta manchega, las mismas nubes se cerraban y el chubasco, aproximándose, diluía el paisaje en una grisura brumosa. Por el oeste, en cambio, el horizonte se mostraba diáfano y el cielo mostraba ese azul pálido del claro que es como un respiro. Al norte, las nubes volvían a cerrarse sobre la Ciudad Dorada, pero su grisura océana se tornaba de una profundidad amenazadora hacia el nordeste. Cerrando el círculo, por el mismo lugar por donde un día avanzaran en tromba las tropas napoleónicas, con su Emperador a retaguardia, la lluvia disolvía todo horizonte en una nada plomiza.
¶ Peter Handke dijo -hablando de su última novela que se desarrolla en la Sierra de Gredos- que la belleza de estas ciudades de la meseta castellana radica en que son ciudades abiertas y que, apenas sale uno de ellas, cualquier cosa puede suceder. A mi no me sucedió nada, y como caminante tornaba igual de solitario y ensimismado que al principio, sólo que ahora, cerrada ya la noche, seducido por estos cielos de cuya belleza nadie -que yo sepa- ha hablado; y acaso sea porque se ha perdido el hábito de mirar hacia las alturas.







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