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lunes, noviembre 29, 2004

¶ Odio. Ese es el sentimiento. Odio este dolor que me ha arruinado el fin de semana. Odio sentir ese palpitar constreñido de flujo sanguíneo a través de los vasos de un cuello de cervicales rígidas. Odio el doloroso latido de la sangre entre las sienes. Odio el fracaso de los analgésicos. Odio esta cabeza convertida en un saco de sparring incesantemente, sin tregua, golpeada desde dentro. Odio este yacer postrado en vano. Odio el tiempo perdido con ese ritmo doliente que consume toda perspectiva en su ceguera. Odio este agujero negro que es vía doblemente muerte pues ni viene ni conduce a parte alguna. Pues es fruto estéril lo odio. Odio pensar que mañana estaré bueno porque ya no es una esperanza, sino un deseo imposible. ¿Por qué no acaba de una vez? ¿Por qué el mal no se decide y consumiéndose me consume de una vez? Odio el cansancio de tanto quejarme en vano. Odio la privacidad de este mal y por eso me odio, porque no encuentro alivio ni consuelo.




domingo, noviembre 14, 2004

¶ ¿Existe Vila-Matas? Hay un artículo con tal cuestión y la mujer al recibir el libro que lo contenía la leyó en voz alta, como si se la planteara al propio Enrique. La respuesta que se dio la mujer no pudo ser más obvia: «¡Por supuesto! ¡A la vista está que existe!»; y en su tono se revelaba a partes iguales la admiración y la indignación de la existencia de alguien tan perverso capaz de plantearse tamaña cuestión.
¶ El caso es que por circunstancias que paso a narrar a continuación esta anécdota, vivida durante la Feria del Libro, me vino de nuevo a la memoria. Soy yo quien ahora se plantea la misma pregunta con ese gesto de perplejidad que suelen poner los detectives peliculeros cuando un hecho los desconcierta.
¶ Todo ocurrió un sábado hace dos semanas. La mañana fue una de esas que uno da al olvido porque hizo lo mismo de siempre en una mañana de sábado: despertarse cuando el cuerpo se lo pidió, sin la chicharra alarmante del despertador, refocilar perezoso al calor del lecho, desayunar con calma para luego sentarse en el sillón a paladear el primer tabaco de la jornada antes de acicalarse. Cada uno de estos gestos cotidianos encierra un pequeño placer que apenas dura un momento, pero la dicha de ese instante –que nos pertenece por completo- es tan intensa que cautiva ese diminuto tiempo que uno se dedica a sí mismo, de tal manera que su repetición a la semana siguiente se convierte en una necesidad. Sólo que hasta los más anodinos de nuestros actos pueden tener repercusiones inesperadas.
¶ Es lo que me sucedió al sentarme a ojear el periódico después de comer. En la contraportada del suplemento cultural me encontré con la sorpresa del artículo de Vila-Matas. No lo leí al momento distraído por la fecha -30 de octubre- de la publicación. Recordé que él era para mí un completo desconocido cuando leí aquellas dos frases hace casi tres años:
- ¿Bartleby?
- Vila-Matas
¶ Eran simples y enigmáticas, tanto que enseguida me di cuenta que se trataba de un error, que aquellas dos palabras no me estaban destinadas. Lejos estaba entonces yo de imaginar, y mucho menos calibrar, las consecuencias de tal confusión en mi existencia destinada, a partir de ese instante, a sumirse en una vorágine de experiencias completamente desconocidas hasta entonces. Así es la vida: nos cautiva porque nos pilla desprevenidos.
¶ Alguien podrá decir: «Es sólo una casualidad». Pero si aquella noche de octubre yo no hubiera inducido a error, no habría estado años más tarde en una Feria del Libro convirtiendo por un instante a Vila-Matas en mi Bartleby particular y jamás hubiera sabido que alguien se preguntaba si existía Vila-Matas con lo cual estas líneas no habrían sido nunca escritas. Es el cuento de las Mil y Una Noches donde una gota de miel, al derramarse, causa la muerte de dos pueblos. Así el hecho de que Enrique se ofreciera como un regalo de aniversario y más él, siempre tan enemigo de los números redondos, -ciertamente que no obró conscientemente, y estoy seguro que está lejos de imaginar las repercusiones de su artículo- vino a reavivar el recuerdo de aquel encuentro que, a su vez, estuvo sumido en una serie de coincidencias que, estoy seguro, habrían hecho las delicias del mismísimo Paul Auster.
¶ Distraído, dejé el artículo sin leer, sobre la mesa y me puse a ojear los dos libros que me había comprado junto con el periódico. Uno de ellos era «Tristano muere» de Antonio Tabucchi. El conocimiento de este escritor italiano es otro de los frutos de aquel par de frases nocturnas dirigidas a un interlocutor erróneo, como lo fue la lectura de «Se está haciendo cada vez más tarde». Experiencia cautivadora, confirmación y desmentido a un tiempo del contenido de aquel volumen desengañado donde Tabucchi homenajeaba a Vila-Matas de quien, siendo ambos unos destinos en expectativa, fue vecino durante un verano en la Costa Brava. Embrollada madeja de casualidades.
¶ Fue ante la portada del «Tristano» cuando recordé la pregunta: «¿Existe Vila-Matas?» Me levanté y mientras iba por el pasillo en busca del volumen gris yo me cuestionaba, ¿Quién es Enrique, quién Antonio? Una vez sentado en la butaca, no pude evitar una sonrisa ante el descubrimiento, en medio de la jungla de gestos cómplices en la que ambos escritores parecen vivir, y nutrirse, de aquel nuevo guiño encerrado en el título de aquellos dos volúmenes. Puestos el uno junto al otro me pareció lógico que el Montano enfermo, tras ascender hasta las montañas acabe muriendo de tristura.
¶ «Precisamente porque la literatura nos permite comprender la vida, nos deja fuera de ella. Es duro, pero a veces es lo mejor que puede pasarnos. La lectura, la escritura buscan la vida, pero pueden perderla precisamente porque están enteramente concentradas en la vida y en su propia búsqueda» escribe Montano Vila-Matas casi al final de su libro
¶ «La escritura lo falsea todo, vosotros los escritores sois unos falsarios» parece replicarle en una discrepancia que asiente. Tristano Tabucchi.
¶ ¿Por qué cuento todo esto? Seguramente porque como escribe J(ohn) M(ichael) Coetzee en su «El maestro de Petersburgo»: «La lectura consiste en ser el brazo y ser el hacha y ser el cráneo que se parte, la lectura es entregarse, rendirse, no mantenerse distante ni burlón.» o porque no soy poeta, sino más bien un perro que ha perdido el hueso, y escarba aquí y allá.
¶ A fin de cuentas porque el artículo de Vila-Matas hablaba de Dostoievsky y de «El maestro de Petersburgo». También es casualidad que aquel Carné de lectura lo fuera a dedicar a un escritor que forma parte de una literatura, la rusa, por la cual siento verdadera debilidad, y en él hablase de un libro que seguramente los dos –ignorándonos el uno al otro- habíamos leído a un mismo tiempo. Por eso me perdí en una imagen incierta de Enrique leyendo al nobel sudafricano tranquilamente, cara al Mediterráneo, a la misma hora en la cual yo hacía lo propio cara al mar de cereal desde la colina del Santo Ángel de la Guarda.




sábado, noviembre 13, 2004

¶ El sábado me encontré con la centenaria papelería de Salvador cerrada y liquidada. Me quedé contemplando el escaparate, vacío, polvoriento, devastado. Salvador es un profesional a la antigua usanza, sobrio, distante en el trato, incluso hostil si el día va torcido, hasta que se traspasa esa muralla en la cual se deja de ser el cliente que va y viene a lo que necesita, que pide, paga y luego olvida, para convertirse en un conocido y el negocio, sin dejar de serlo, se suaviza por obra de un trato personal que va más allá de las simples transacciones comerciales. Entonces se torna afable y no le importa prodigar sus conocimientos exhaustivos con ignorantes como yo. Es un esteta en su oficio, un miniaturista. Recuerdo una tarde de otoño pasada hablando sobre la calidad de impresión de los papeles de regalo. Debió ser la última vez que fumamos juntos nuestras pipas. Luego le llegaron los tiempos de las prohibiciones. Todavía conservo las muestras que me regaló. A veces las uso de marcapáginas, acariciar su tacto, esa combinación de colores que no sé muy bien porque me recuerdan a la pintura italiana.
¶ A Salvador la última vez que lo vi fue durante el verano. Me lo encontré con el rostro desfigurado por culpa de un derrame y esa faz se superpuso sobre aquel escaparate que alimentara mis ambiciones durante años. Amaba su oficio aunque como buen empresario siempre se quejaba de la flojera del negocio. Prefiero no pensar qué sucedió para llegar a este punto, pero al menos tengo la esperanza de poder encontrármelo algún día en este hormiguero capitalino y que sea él mismo quien me lo cuente.

¶ Escribí esta nota sin intuir que era el anticipo de una semana terrible:
¶ El lunes, cuando retorné a mi labor cotidiana, sólo su cargo contuvo a mi jefe de mostrar más abiertamente el odio que mi presencia le causaba. O más que mi presencia el hecho de haber antepuesto mi familia al trabajo. Además una advenediza «hermanísima» me pisó el tan ansiado traslado.
¶ El martes, ante el desaire anterior, acudí al sindicato para tratar de obtener las listas provisionales y poder recurrir la situación con fundamentos. Para mi desgracia descubrí que una mesa repleta de desorden es el escudo que usan algunos sindicalistas en este país para tratar a los «compañeros» con una vileza digna de la Lubianka.
¶ El miércoles me vi convertido en un monstruo de tal vileza y abyección que a mi lado los mayores criminales que en el mundo han sido eran unos inocentes alfeñiques de jardín de infancia.
¶ El jueves me encontré cerrada a cal y canto la página web de una amiga y yo no tenía la llave.
¶ Ayer descubrí un triplemente precioso cuaderno de notas. Valioso porque era un recuerdo de un viaje a Barcelona, por su encuadernación en piel imitando pergamino y por último –que no lo menos importante- porque contenía anotaciones y esbozos para un nuevo proyecto.
¶ Así que aquí estoy hoy, sin ánimo siquiera para mirarme en el espejo, no vaya a ser que encima descubra que rostro tiene el maldito dolor de vientre que, como un continuo, ha amenizado con la percusión de su perpetuum mobile este concierto de desdichas.



jueves, noviembre 04, 2004

¶ El proceso vital se ha repetido una vez más. Tras la espera, la incertidumbre, el dolor, una nueva vida ha llegado a este mundo.
¶ Un hospital es, sobretodo, un lugar de sufrimiento, un paraje donde la vida y la muerte dirimen una guerra constante y, como todo campo de batalla, suele ofrecer un aspecto desolador, que espanta y echa para atrás. Pero hoy la escaramuza tiene un claro vencedor y, en un vestíbulo, una pareja de hombres se abrazan y felicitan. Basta una simple frase para que al nuevo padre, se le ilumine el rostro y dé comienzo a su narración pormenorizada de los hechos. Aunque orgulloso sus palabras vacilan, se sabe apenas un embajador, un simple mensajero. Es el sacrificio de la esposa, el dolor de la mujer amada, que yace todavía dolorida en la cama del paritorio quien le ha elevado a las nubes y lo sabe. Luego, una vez acabado ese primer relato del parto –todavía en caliente- el padre se separa del hombre para volver al lado de la madre y del niño.
¶ El nuevo tío pasará una hora en una inquieta ociosidad, ora fumando, ora sentado, ora llamando por teléfono, antes de poder ver a la madre y a la criatura saliendo por esa misma puerta de acceso restringido que él mismo, para ir a su encuentro –sin llegar a hacerlo- dudó si traspasar. Será ese momento cuando le dé un vuelco el corazón. A pesar de ser eso que se denomina un hombre de mediana edad, es la primera vez que verdaderamente ve a un niño recién nacido, y el pecho se le encoge ante la imagen del bebe adormecido en el regazo de su madre, cuyo rostro refleja una satisfacción extenuada. No dice nada. Sólo besa a la una y acaricia con uno de sus dedos, que le parecen extremadamente gruesos, el moflete del niño que, al tacto, abre uno de sus ojos para volver en seguida a cerrarlo. Luego sí, hace algunas preguntas, aun a sabiendas que las respuestas sólo revelaran detalles sin importancia; es esa sencilla imagen la que condensa toda la esencia de lo ocurrido… y el tío, al rememorarlo ahora, serenamente, vuelve a emocionarse.
¶ No menos se conmueve al recordarse mucho más quebradizo que esa criatura recién nacida. Lo supo al tomarla en sus brazos. En ese instante, sólo existieron ellos dos. Su fortaleza se sobrecogió al sentirla palpitar bajo el burruño de las mantas, asomando tan sólo su cabeza colorada peluda, de ojos hinchados, nariz hundida y boca diminuta –el tío sonríe ante el ridículo indagar rasgos ancestrales en esa fealdad de galápago característica en todo recién nacidos- hacia la cual tendían sus puños cerrados. En ese rostro apenas formado trascendía el milagro de la renovación. ¡Cuántas ilusiones, cuántos sueños, cuántos anhelos laten acompasados con ese nuevo corazón! En verdad es un «tesoro» -se dice el tío- al pensar en ese instante en el cual se hinchó pleno de alegría, con la esperanza de una nueva generación capaz, no sólo de reconciliarse, sino de redimir a todos sus predecesores, con el mundo.



lunes, noviembre 01, 2004

¶ Hace un par de semanas estuve en el cementerio para visitar a los seres queridos que se me fueron. Lo malo es que la mañana salió desapacible. El viento y la lluvia no sólo impedían todo diálogo sino que además se han convertido en un peligro. Hace ya algunos años abatieron un ciprés enfermo y el podrido tronco derribó una cruz que fue a caer, rajándola, sobre la lápida de mis ancestros. Así que, cuando sale un día como este último la visita al cementerio se reviste con un contrapunto de angustia que resulta vital.
¶ Me gusta caminar por entre los sepulcros, aunque pasen por encima los aviones que aterrizan en la pista aledaña. Con todo el tráfico no es tan intenso que torne la visita en una irritable obligación. Así que antes de llegar hasta la tumba de Aita, suelo deambular por entre el césped, siempre fresco, húmedo, que crece entre las lápidas, la cuales, con el devenir de las inclemencias se han vuelto oscuras y mohosas. El tiempo transcurre en silencio con morosa quietud y las mudanzas se dejan sentir poco a poco, sin grandes sobresaltos en este mundo, espejo enmarcado por los gruesos muros que recuerdan a los de un penal. Al contemplar las viejas tumbas la muerte se revela reflejo de la vida: las hay monumentales e ínfimas, abigarradas hasta el mal gusto o de una sobriedad franciscana, cuidadas u olvidadas… se pueden buscar decenas de parejas contrarias y entre ambos extremos graduar la gama. Ahora ya no es así. La parte nueva del cementerio es de una uniformidad aglomerada que hastía los sentidos; tanto que nunca he podido orientarme entre ellas. Por su culpa suelo irme con el regusto amargo de no dar con la tumba de mi tío León que era uno de esos parientes que suelen dejarnos el recuerdo de haber vivido orillados en las lindes extremas del núcleo familiar. Hasta en la muerte ha sabido mantener su distanciamiento.
¶ Creo que sólo una vez estuve en un cementerio en un día de difuntos como el de hoy. Era un crío pero me dejó una impresión desagradable. Acaso de entonces me venga la marcada aversión a las grandes aglomeraciones. La muerte es algo demasiado íntimo, deja una imagen de dolor que es un telón que se debe levantar para que no empañe la memoria. Esta es nuestra arma. Con ella salvamos distancias, aproximamos de nuevo al ser que se nos fue hasta nosotros.
¶ Aita siempre me trajo al cementerio desde pequeño, cumplía con el rito de rezar unas oraciones, pero creo que lo verdaderamente importante era ese instante de silencio que se producía al llegar junto a la tumba. Nunca mostró premura al llegar o al partir. En esa natural parsimonia me enseñó a mirar a la muerte más con curiosidad que con la temerosa aversión, ahora generalizada, que ha convertido a los cementerios en lugares tan ajenos y extraños que se procura ubicarlos en parajes apartados y, a ser posible, ocultos para proscribir la muerte. Lo cual tras este último siglo de carnicerías resulta una indigna contradicción. El desprecio por la forma, hacia el cuerpo, ha transformado los cementerios en un paraje desarraigado, industrial, en un simple desguace o vertedero de desechos humanos. Hay en este vilipendiar a la muerte un desarraigo vital que sólo el miedo al sufrimiento atempera, aunque resulte una excusa injustificable.



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