<$BlogRSDUrl$>

martes, diciembre 07, 2004

Mediodía. Al bajar del autobús contemplo la explanada que bordea la cantina-hotel. Entre los autocares deambulan los viajeros sumidos en lo más variopintos quehaceres; tras aliviarse vientres y vejigas, comen, beben, se besan, hablan, o permanecen con la mirada perdida en el humo de un cigarro aguardando el momento de reemprender el viaje. El espacio evoca -había escrito «me recuerda» lo cual resulta imposible- a un vivac de lansquenetes.
Por un hueco entre el seto que amuralla el recinto voy a dar a la orilla del río. Corre en silencio este Arlanza, más ancho que caudaloso, que corta -un tajo más-? la meseta castellana. En la otra orilla recogida en la falda de la colina dominada por la iglesia y el palacio ducal -hoy reconvertido en parador- se extiende la villa de Lerma.
Subo las escaleras y cruzo la carretera para dar al viejo camino, ahora abandonado, con intención de darme mi paseo por el puente viejo, pues el tiempo de la parada no da para más. Pero esta vez me detengo enseguida. En el centro, sobre uno de los pilares centrales del puente está apoyada una garza. Con el cuerpo hundido sobre las patas y el largo cuello recogido sobre sí mismo parece contemplar fatigada el curso pausado del río. Es una imagen falsa: en cuanto trato de aproximarme poco a poco hasta ella emprende el vuelo y se produce la transformación: su figura se estiliza hasta una envidiosa ligereza que me sobrevuela antes de perderse en los cañizos de la otra orilla.
Me acodo en el pretil a dar unas bocanadas a la pipa. Ahora soy yo quien se pierde en las aguas oscuras. La imagen de los lansquenetes me recuerda que por estos lares anduvieron de paso gentes de las más variopintas raleas e intenciones. Pero pasen adelante Napoleón o el Príncipe Carlos María Isidro con sus tropas hacia el Norte o hacia el Sur, que tanto me da. El ruido de los cañones y los cañones de avituallamiento o el chacoletear de la caballería por el empedrado de este puente fatigado torna a su silencio espectral. Les doy la espalda para seguir la sombra azul y metálica de un Martín Pescador. Su aletear ha sido breve saludo de reconocimiento.
De regreso al autobús el viajero, que por un instante se soñó coracero, sonríe pletórico de su encuentro.



domingo, diciembre 05, 2004

¶ «El odio no confiere clarividencia
Una frase de Robert Musil que no debo olvidar visto lo ocurrido –y escrito- la semana pasada. Es terrible darse cuenta de hasta qué límites de aniquilación es capaz de arrojarnos el dolor. Se convierte en una fuerza obsesiva que no conduce a parte alguna. Es necesario un gran esfuerzo para dirigir esta energía que se autoconsume a sí misma hacia otros empeños más fecundos.
No hay tiempo para más hoy. Inesperadamente debo partir, y hacerlo una vez más con un dolor inesperado, pero menos intenso. Cuando hace algo más de un mes estuve a contemplar la tumba de Aita no pensé que serían los enterradores quienes arrancarían el espinoso rosal silvestre para poder levantar la lápida.



This page is powered by Blogger. Isn't yours?