<$BlogRSDUrl$>

domingo, enero 16, 2005

Sobre la mentira.
Una vez concluido este escrito, al compararlo con los borradores de donde surgió, tengo la impresión que las citas que siguen son piezas de un puzzle calidoscópico: El orden de las mismas puede alterarse y al hacerlo la reflexión que se haga puede crear una perspectiva distinta. Uso perspectiva para que quede claro que todas son compatibles y por tanto válidas, es decir, verdaderas.
Irish Murdoch escribió: «Cualquier mentira es moralmente peligrosa» La frase, como toda sentencia que se precie es escueta y rotunda; y, como si estuviera a su lado, compartiendo un samovar de té, puedo imaginar a Dostoievsky mesándose las barbas mientras asiente a la autora inglesa cuando razona: «El que se miente a sí y escucha sus mentiras propias llega a no distinguir ninguna verdad ni en su fuero interno ni a su alrededor, pues deja de respetarse a sí mismo y de respetar a los demás». El yo y el otro. La mentira tiene un evidente signo social y plantea al hombre un dilema nada sencillo que Stevenson -aunque sea acotando el terreno- refrenda al escribir: «Vivir de la mentira, usarla como verdad y justificarla con el indiscutible nombre de arte puede, en ciertos momentos, resultar insoportable». Afirmación con la que me parece no estaría Leopardi replicándole que «Con las mujeres y con los hombres sale siempre mal parado, o por fuerza ha de ser desdichado todo aquel que los ame con un amor no fingido ni tibio, y que a sus propios intereses anteponga los de los otros. Porque el mundo, como las mujeres, pertenece a quien lo seduce, lo disfruta y lo pisotea». Aunque en ambos casos la consecuencia es la misma: Una desdichada insatisfacción.
Es llamativo que los otros jueguen un papel preponderante en esta dicotomía. Un papel por demás negativo ya que se tornan una presión terrible que en general acaba por aplastar al individuo. Consciente de esa fuerza Canetti manifiesta: «Uno se aproxima a la verdad cuando se aleja de los hombres» Fruto de esa realidad social verdad y mentira dejan de ser absolutos para convertirse, paradójicamente, en algo subjetivo tal y como formulara Bécquer en su inmortal frase: «Nada es verdad ni mentira, todo es del color del cristal con que se mira»
Pero dado este punto de vista, ¿por qué a la hora de elegir entre verdad y mentira, cuando todo debería invitarnos a elegir la primera, lo cual pondría de manifiesto la bonhomía del ser humano, éste se decanta por la segunda hasta el punto de haber creado esa aberración que se conoce como mentira piadosa? La pregunta, dicho sea de paso podría estar mal planteada pues Nietzsche no duda en afirmar que «No hay una armonía preestablecida entre el fomento de la verdad y el bien de la humanidad». No obstante Oscar Wilde y Robert Walser nos dan una respuesta que en el fondo es la misma. Escribe el primero «La verdad es ciertamente algo tan doloroso de decir como de escuchar». «Hay sinceridades que sólo sirven para herirnos y aburrirnos» rubrica el segundo. Para ellos la verdad parece llevar asociada una completa falta de tacto en su revelación lo cual la convierte en un arma de doble filo pues a ella, y sólo a ella, el hombre, un ser habituado a envolver, a velar, disfrazar, cubrir, vestir, no le permite ningún abrigo. Se va contra la propia esencia del ser para mantener puro e inalcanzable un ideal cuya presencia desnuda no es capaz de soportar.
A la vista de lo anterior, si el solitario encontrase la verdad -¡Cuidado! «Algo en común tienen una mujer hermosa y la verdad (¡digan lo que quieran las malas lenguas!) ambas hacen más feliz cuando se las desea que cuando se las posee» advierte Nietzsche- ésta se le revelaría insociable. Cada hombre tiene la suya pero estas serían entre sí compartimentos estancos. Algo muy negativo cuando el hombre es un ser social. De nuevo el yo frente -o junto a- los otros. Sören Kierkegaard se plantea, aunque sea tensando los términos la lógica pregunta: «¿No es acaso un defecto de la personalidad entregarse a otro ser hasta el extremo de no conservar el propio yo? Una personalidad auténtica y madura permanece fiel a sí misma» Su respuesta nos conduce de nuevo al vórtice del remolino enunciado por Canetti.
Pero el escritor danés, también tiene momentos de debilidad pues en su diario escribe más adelante: «Más que el no comprender nosotros la verdad, es duro no ser comprendidos por la persona amada» Aquí el otro ha alcanzado su máximo punto de aproximación a nosotros y se ha convertido en «la persona amada» lo cual se convierte en un peligro si hacemos caso al dicho de Nietzsche: «Se pierde siempre en el trato demasiado íntimo con mujeres y amigos; y a veces pierde uno con ello la perla de su vida».
Amor y mentira parecen tener una estrecha relación hasta el punto de llevar a Musil a decir que «El sentimiento le resulta a la verdad dañoso». La cuestión es ¿por qué mentimos a la persona amada? Joseph Conrad nos argumenta que «La más inocente de las pasiones basta para arromarle el filo al juicio». Algo parecido parece opinar Thomas Mann pues si «El deseo se engendra por el conocimiento defectuoso» lógicamente «La pasión paraliza el sentido crítico y recibe con delicia todo aquello que un estado de serenidad se soportaría con disgusto». Por su parte Constant nos da otra variante: «El hombre se corrompe en el momento en que su corazón se halla ocupado por un único sentimiento que se ve obligado a disimular constantemente»
Las anteriores respuestas parecen dadas desde un punto de vista distante, generalizando la cuestión. Algo parecido podría decirse de Proust cuando manifiesta: «Mentimos toda la vida, incluso, sobre todo, quizá solamente, a los que nos aman. Pues sólo éstos nos hacen temer por nuestro placer y desear su estimación» Pero Marcel tiende un lazo tenue en ese «mentimos» que incluye no sólo al propio autor sino a quien le lee.
Para Graham Greene, aún más sutil, «Estar enamorado es vernos como alguien nos ve, es estar enamorado de la imagen falsa y exaltada que alguien se ha formado de nosotros» Lo cual nos lleva de nuevo a Dostoievsky con quien imagino habría discutido sobre la mentira como aglutinante de las relaciones sociales, piel porosa de las verdades estancas de cada ser humano.
En el mismo sentido del escrito británico parece pronunciarse Walter Benjamín, sólo que éste, más escueto y personal, equilibra la relación: «He conocido a tres mujeres diferentes en mi vida, y a tres hombres diferentes en mí».
Ante esta disyuntiva Hermann Broch busca la mesura, por lo demás imposible en la distancia:
«- Es espantoso que sólo puedan oírse cosas bonitas en boca de un extraño.
- Por lo menos sólo pueden creerse cuando las dice un extraño. En la familiaridad reside de antemano un germen de injusticia e ingenuidad.
¶ La familiaridad es la manera más alevosa y en realidad más vil de pretender la mano de una mujer. En lugar de decirle a usted sencillamente que se la desea porque es muy hermosa, se intenta primero deslizarse subrepticiamente en su confianza para apoderarse en cierto modo de usted sin que se dé cuenta
»
Lo cual nos lleva a Lawrence de Arabia para quien ¡Oh, perversión!: «La honestidad podría ser el mejor camuflaje de la bribonería». Pero cuanto de hipotético encierra su realidad se torna certeza en D’Annunzio, dando de paso la razón a Dostoievsky, cuando escribe sobre uno de sus personajes «Cubría de etéreas llamas las exigencias eróticas de su carne y sabía transformar en elevados sentimientos sus instintos más bajos». Si bien ello sea debido, como dice el propio D’Annunzio, a que «El ideal envenena toda posesión imperfecta; y en el amor toda posesión es imperfecta y engañosa»
Pero quizás podamos respirar un poco de aire puro si nos alejamos de la tradición cristiano penitente de occidente y avanzamos hacia Levante. Allí, en la lejana China escribió Gao Xingjian: «La mentira reina en todo el mundo y tú también fabricas mentiras literarias. En cambio, los animales no mienten, sobreviven en el mundo sin esa capacidad. Pero el hombre necesita embellecer su entorno; esa es la principal diferencia con los animales
Me temo que a fin de cuentas todo se traduzca en una cuestión de intereses personales pues ya lo dijo Sterne: «Juzgamos más fácil de perdonar el ir contra la verdad que contra la belleza».





This page is powered by Blogger. Isn't yours?