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viernes, mayo 13, 2005

Titirimundi.

¿Cómo debería traducir esta palabra? Supongo que como “Títeres del mundo” Pero dado el óxido de mis conocimientos de latín quizá valga también Títeres para el mundo o el mundo de los títeres, o quizás el que me vino primero a la cabeza y que resulta más inquietante: “Un mundo de títeres”
Durante una semana títeres, marionetas, los más variopintos muñecos de guiñol se dan cita la Ciudad Dorada y la convierten en un inmenso escenario, en una estremecedora especulación representativa. En la Plaza Mayor, junto a los kioskos de la prensa y la música se monta en seguida un teatrillo. Se trata de un chamizo pequeño cuyo sencillo entramado se disimula con una tela negra. Pero también trampa sutil: el velo enmarca un vacío donde se centra la atención.
Con la perspectiva de los titiriteros contemplo el semicírculo de niños. Sentados en el empedrado de la plaza, absortos, viven el drama que se desarrolla en ese diminuto abismo donde los personajes de cartón e hilo despliegan sin vergüenza su inevitable destino. Al unísono sonríen o se agitan de incertidumbre, o gritan en vano una advertencia o piden que la pareja de héroes se bese. Tras la catarsis final de los aplausos la algarabía infantil se disuelve en una alegre disonancia y el abismo vuelve a su negro silencio.
Contemplo a los actores mientras desmontan el chiringuito. Si no estuvieran dedicados a esa labor sería fácil confundirlos con el resto de la gente que circula por la plaza, y me sobrecoge un estremecimiento ante la conciencia del peligro mimético de estos amos. Ocultos tras las sombras, desde la más profunda oscuridad del abismo, estos demonios tiran de los alambres de unos seres sin alma cuyos movimientos mecánicos remedando los nuestros, son capaces de atraernos hacia sí, de obnuvilar nuestras conciencias. Todo es representación, imagen. Un reflejo donde imaginación e inocencia son a un tiempo adormecidas y manipuladas para forjar una determinada conciencia.
En los títeres se camina al borde del abismo, pero para poder percibir el peligro subyacente de estas metáforas del mundo real es necesario adoptar el punto de vista del acomodador.


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