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viernes, julio 01, 2005

Admiro a esos trabajadores que son capaces de pasarse horas y horas detrás de un mostrador atendiendo a la gente. Me admiran quienes, a pesar de las presiones de filas, colas, impaciencias, agravios, improperios y desaires, siguen manteniendo la compostura y la cortesía en el trato. La humanidad de una sola persona contra la deshumanización de la masa amalgamada de egoísmos.
Viene esto a colación a causa de una amiga que ?en referencia a este blog? me escribía el otro día que me prodigaba poco en público. Tiene razón. Pero eso no me preocuparía mucho, pues no en vano mis conocidos me consideran uno de los tipos más asociales que conocen, si no fuera porque también en privado apenas me he prodigado. Ayer terminé una campaña de tres meses que se repite cíclicamente todos los años, como los huracanes caribeños, y, a pesar de haber sido más suave que la de ejercicios anteriores, reconozco que ha vuelto a dejarme tocado, sobre todo porque estos últimos siete días han sido horribles. Como tal campaña se publicita y campaña es no exenta de belicismo: Uno se mantiene en el blocao de su mesa durante más de doce semanas resistiendo el embate de codiciosas oleadas de gente que se suceden sin parar durante seis horas diarias. El desgaste es imperceptible hasta esa mañana en la que te levantas empapado en sudores fríos tras descubrir que tu trabajo te ha envenenado hasta el subconsciente.
Poco es lo escrito en este primer semestre del año. Hay muchos motivos para ello que no hace al caso publicar, pero sin lugar a dudas, la maldita campaña no ha hecho sino acentuar ese proceso de esterilidad creativa. El agotamiento es un mecanismo de defensa: las reservas de energía se desvanecen y es necesario no dilapidarlas para evitar caer en la consunción. Por eso se acaba por insensibilizar el espíritu.
Pero todo ha terminado. Para mí con julio comienza en verdad el nuevo año.

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