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martes, julio 12, 2005

Al crepúsculo de esta tarde he ascendido por el pinar buscando una roca desde la cual se domina la vista de la Ciudad Dorada, aproada hacia poniente. Sólo que esta vez no me senté en ella a escribir, sino que me aparte a un lado y sobre un claro reseco me tumbé inerme.
«Niño mal criado». Podía escuchar la voz de mi madre amonestándome por mi despreocupado descuido y dejar que la ropa se me manchara de polvo y paja. Pero mi ama está lejos. La conciencia tiene reflejos inveterados y gracias a ellos la nostalgia también juega un papel de raigambre. Raíces… existen, pero hoy no forman parte de mí aunque yazca tumbado sobre la tierra y me parezca que mi cuerpo se asemeja a un tocón desmochado Atavismo de un reflejo ya inútil me dejo acariciar por la luz dorada. Puedo ver su reflejo entre las sombras de las ramas de los pinos jugando con mi rostro. Entonces dejo de ser yo mismo para transformarme en agua cuya calma sólo se sobrecoge por la brisa del atardecer.
Pienso en la Santa Teresa de Bernini. Si hay un goce extático también hay un sereno dolor. Ambos tránsidos salvo que el primero colma y el segundo sume en la nada. Lo que queda es este polvo vuelto al polvo, un abismo trascendente más allá de uno mismo. Se respira pero se ha dejado de ser. Lo comprendo al ver a una pareja de codornices pasar por mi lado, atemorizadas por un trío de halcones que planean a baja altura. Pues soy vacío ignoran mi presencia y sólo, cuando una sonrisa ilumina mi rostro ante la fugaz visión, me rehuyen y se alejan dejándome sumido de nuevo en la nada.
Puedo parafrasear a Santa Teresa -¿o era San Juan?-, las figuras, las experiencias, se solapan hasta la confusión. Empiezo a vivir sin haber vivido en mí. Misticismo y primitivismo conducen a la misma encrucijada: no hay fe sino regreso por un instante al Paraíso. Un momento que concluye al ponerse el sol y la primera racha de aire frío me sobrecoge. Homo erectus de nuevo. Dignidad, salvo por las briznas de pinocha y las motas de polvo. Ellas quedan como recuerdo de ese instante de plenitud. Me las llevo conmigo sonriendo a la voz lejana de mi ama.




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