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sábado, julio 02, 2005

El viejo sillón de mi habitación es un mueble sencillo, resistente para cuanto ahora se estila aunque su tapicería ya va mostrando signos de fatiga y que, no obstante, se ha adoptado a las formas orondas de mi cuerpo. Con más años que uno, posee esa virtud de las ayas fieles y maternales de confortarte en silencio sin entrometerse en los asuntos que no son de su incumbencia. Por eso su sensación de comodidad transciende más allá del mero reposo físico.

Este es el mueble en el que ahora descanso, con las piernas recostadas a la antigua usanza sobre un escabel. Tengo la mirada perdida entre las brumas azules que, desprendidas por la pipa, adensan el ambiente de este cuarto. De vez en cuando, no obstante, vuelvo la vista al atlas. Por mucho que evolucione la cartografía hay espacios que se mantienen inalterables en el tiempo. Las mancha azules de las mares son una de ellas. Contemplo una en concreto. Comparada con el resto es tan pequeña, tan diminuta… y no obstante, según la hoja de ruta, se necesitarán siete días de regata para atravesarla.

La vista se deja llevar. Como antaño las paredes del cuarto se desvanecen, se transforman en horizontes. Dudo. Hay un gaviero en mí, lo sé pues escribí sobre él aunque mi vista ya no sea la del halcón de antaño, pero también existe otro marinero: aquel que cruzó la Mar de Irlanda, y se pasó todo el tiempo purgando las entrañas por la borda hasta el punto de olvidar vértigos y equilibrios, quien fatalmente hubiera caído al agua de no ser por la oportuna intervención de un hercúleo peruano que trabajaba en las plataformas petrolíferas de la Mar del Norte.

Tras sopesar pros y contras acaricio el terciopelo verde de los brazos del sillón. La pipa se apaga, sólo queda el tacto cálido de la cazoleta y la boca seca sonríe. Enloquecer, y soñar: el salitre de la vida. Loco sueño es éste de querer enrolarse, bien cumplidos los cuarenta, como grumete en un velero para correr temporales por la más querida de mis mares.

Despuntan las primeras luces del amanecer y la vida cotidiana despierta un día más.




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