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viernes, julio 29, 2005

Miré, busqué, pregunté y no hallé. Lo que hasta entonces era una simple conjetura se convirtió así en certeza irremediable a la cual no quería dar crédito: había perdido mi libreta de notas. Ha sido el golpe de gracia. Casualidades de la vida la comencé a principios de año. Era una libreta de Moleskine, negra, de tapa dura y goma para evitar que se desencuaderne y se pierdan las cosas que uno va dejando en el compartimiento de recuerdos que trae en la contraportada. Allí llevaba unas flores secas de azahar y un par de pétalos de amapola,
Con ella he perdido todo el fruto de este año estéril. No es que fuera gran cosa, apenas una veintena de páginas, pero estaban llenas de esos instantes mágicos en los cuales las frases volvían a fluir necesarias y casi armónicas. Recuerdo la dos últimas: recogían momentos de placidez crepuscular, uno al amanecer y el otro anocheciendo. De éste entresaqué un texto del cual dejé constancia en este blog, Es inolvidable pues me quedó la impresión que me habría bastado con extender los brazos para acariciar a los halcones. Aquella la recuerdo porque me entretuve, mientras escribía, en dibujar, en un espacio en blanco, mis pies con un bolígrafo de tinta dorada y así vengarme de la mirada dura de un retrato de la época azul de Picasso que parecía recriminarme desde una lechosa nocturnidad.
Pérdida amarga. Guinda para una semana negra. Haciendo memoria no recuerdo un semestre más triste que el de este año: todo han sido quebrantamientos, y hasta los momentos más felices están teñidos de una tristura que deja un poso agridulce. Ni siquiera en los momentos más oscuros de la década de los noventa me sentí tan abatido como ahora.
Fue mientras paseaba y trataba de hacerme una idea de lo ocurrido cuando comprendí que lo que era mandato se convertía en necesidad. Ante lo inevitable del naufragio el navío debía ser abandonado definitivamente, y eso incluye este blog. Todo cuanto aquí ha sido escrito se sostiene sobre una plantilla que me es ajena, que ya no me pertenece pues ha desaparecido el nexo que lo sustentaba. Debo embarcarme en otra nave, iniciar una nueva singladura.
¿Ha llegado la hora de acabar con Oneguin? Que sea el mismo Alexander Sergueievich Pushkin quien replantee la cuestión:
«¿Es el de siempre o habrá cambiado?
¿Habrá renunciado a su locura?
¿Qué máscara ostentará ahora?»

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