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domingo, julio 03, 2005

Mucho me temo que el sosiego tras la Campaña me ha dejado algo mohíno. Pero no es menos cierto que si uno se abandona a evocar imágenes felices, hasta la melancolía es capaz de iluminar una sonrisa en el propio rostro.

Ayer escribía sobre el viejo sillón que ha sido mi silencioso compañero de viaje a lo largo de mi existencia, y ahora, al terminar la lectura de «El concierto de los peces» de Halldór Laxness, me ha venido a la memoria el cuarto donde un día nací. Al igual que el Álfgrímur (El que habita una noche entre los elfos) nos embarcamos para vivir nuestra existencia dejando una tenue estela tras nuestro paso. Es un periplo que, contra lo que se diga, a veces retorna al punto de partida, sólo que la perspectiva ha cambiado. Por fortuna el paisaje de mi infancia no me pertenecía y nadie tuvo que sacrificarlo para esclarecer mi futuro. Gracias a eso todavía puedo tornar a él.

Voluntades, destinos y veleidades han modificado aquel cuarto hasta lo irreconocible, pero sus cuatro paredes no se han enmohecido: Impertérritas siguen arropando el aliento de nuevas generaciones de la familia y aunque ya no puedo acostarme en esa cama aunque sea para echar una cabezadita, me gusta sentarme en su borde a dejarme sorprender por las ingenuas historias que mi dicharachera sobrina me cuenta. Es una impresión envuelta ahora por el aroma a flan casero, cociéndose al baño maría en el horno.

Me parece que Laxness tiene razón al afirmar que «Los espíritus escapan del pozo del olvido» y que «La riqueza verdadera es lo que los demás no pueden quitarte».

(Halldór Laxness.- «El concierto de los peces» Editado por Turner en traducción de Enrique Bernárdez)




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